Olivia de Havilland y la historia de cómo unió a una de las parejas más icónicas del siglo XX

Era la última gran dama del Hollywood de los años dorados. Era, porque Olivia de Havilland nos dejaba este sábado a los 104 años de edad. Este domingo su abogada, Lisa Goldberg, era quien se encargaba de anunciar que la última estrella viva de ‘Lo que el viento se llevó’, había fallecido, por causas naturales, en su casa de París.

Con ella se marcha un pedacito de ese Hollywood clásico que, el pasado febrero, también se despedía de otro centenario actor de impronta imborrable: Kirk Douglas. Pero con Olivia también se marcha la mujer que hizo posible una de las historias de amor más sonadas del papel cuché: la que unió a Rainiero de Mónaco con una Grace Kelly que dejó su carrera de actriz por el amor a aquel príncipe europeo.

Todo comenzó durante un viaje en tren que realizaba el trayecto entre París y Cannes, donde iba a celebrarse la octava edición del Festival de Cine y Olivia y Grace acudían como dos grandes estrellas de la meca del cine (esta última acababa de ganar su Oscar por su papel en ‘La angustia de vivir’. Fue una casualidad, una ‘idea de bombero’ del marido de De Havilland, Pierre Galante, jefe de la sección de cine de la revista ‘Paris-Match’.

Este conocía muy bien al príncipe Rainiero, y tras hablarlo con Olivia en ese viaje en el que Grace acudía con la única compañía de su estilista, Gladys de Segonza (a pesar de que se traía un tonteo con el actor Jean-Pierre Aumont, que fue quien la empujó a acudir a la cita en la Costa Azul francesa), se lanzo y le preguntó: “¿Te apetecería conocer Mónaco?”. En el momento de lanzar el interrogante, el periodista ya tenía en mente cómo sería ese reportaje con el que comenzaría una de las historias de amor más fascinantes del universo ‘celeb’.

Sí, fue en una sesión de fotos donde Rainiero y Grace se cruzaron por primera vez y surgió ese chispazo. Aunque, a tenor de lo que se escuchó de las malas lenguas, al príncipe le habían recomendado que se casara con una estrella de Hollywood para que su imagen ganara empaque a nivel internacional. Y la recomendación le habría venido, ni más ni menos, que de Aristóteles Onassis.

Una cita a punto de echarse a perder

Pero volviendo a ese 6 de mayo mágico, del año 1955, lo que parecía un plan perfecto, sin fisuras, estuvo a punto de irse al traste… ¡por una plancha! Como lo leen. Aquella mañana, el hotel donde se hospedaban, el Carlton, previo a esa sesión de fotos, se quedó sin luz. Y ella, con el pelo mojado y sin ningún vestido planchado (ni electricidad para la plancha que adecentara su ‘outfit’) esuvo a punto de echarse atrás. De entre todo su equipaje, consiguió rescatar ese vestido de flores que lució en la sesión. Para el pelo, usaron unas flores que había en el hotel.

Salvado este escollo, aún había más. Porque Rainiero no fue lo que se dice puntual… Algo que no hizo nada de gracia a la por entonces actriz, tal y como su biógrafo escribiría años más tarde: “Pocos minutos antes de las tres de la tarde, Grace llegó al palacio de Mónaco acompañada por Pierre Galante, Olivia de Havilland y el representante francés de Paramount. El príncipe se había entretenido, pero, según se aseguró a los invitados que lo esperaban, su llegada era inminente”.

“Un secretario se ofreció a mostrarles el palacio. Luego les sirvieron té. Rainiero seguía sin llegar. A las cuatro menos cuarto Grace y sus acompañantes aguardaban nerviosos en el patio. ‘Me parece que es muy poco cortés por su parte tenernos aquí esperando de esta manera. No puedo llegar tarde a la recepción. Será mejor que nos marchemos'”, segura que dijo Grace.

Pero no se fue. Seguramente la mejor decisión de su vida. El resto de la historia, que se consumó en boda un año más tarde, lo dice todo. Como también que una historia llena de obstáculos en la primera cita, no podía terminar de otra manera que con una tragedia a la altura de la que marcó el final de una mujer tan bella, como enigmática.

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